

























REVISTA VIRTUAL - FOTO REPORTAJES

Yo o el otro yo, es difícil hablar de uno mismo porque nos cuesta quedar mal frente al resto de los mortales y tememos al qué dirán. En la mente siempre queremos caer bien; cual monedita de oro o zapatilla de cristal.
Yo, hombre de 34 años, 20 de homosexual practicante, 12 en las artes, 9 de pareja, 7 de drag, 5 de dramaturgo y sin acabar de aprender, reconozco que soy alguien que se aburre con facilidad cuando no me prestan atención; disléxico de naturaleza, aprendiz por necesidad, todo lo hago en la vida y nada más.
El otro yo es una parte encontrada hace poco tiempo, un accidente de tablas escénicas en el que nunca me imaginé hallarme. Una semana de Noviembre, yo director en un oficio desconocido en mi país y mucho menos en mi ciudad, cuando un amigo me dijo que lo intentase solo para ver como me va y ahí está. Me enganché del drag y de su mundo de personajes bizarros, de cuerpos andróginos, de vestuarios dolorosos, luces sicodélicas y sed de gritar lo que tiene escondida esta sociedad pacata. Ya eso de ser homosexual es algo difícil en esta ciudad, pero yo y mi otro yo, llegamos a una comunión y decidimos contar a través del drag, la vida y muerte de otros, algunos amigos, otros sólo recuerdos escuchados entre tragos, contamos vivencias propias y risas ajenas de sensualidad. El teatro es un pretexto, al igual que el texto de cualquier dramaturgo; lo importante es trasmitir al espectador algo que remueva su interior.
Cuando se abre el telón la magia del teatro drag empieza: los vestidos sicodélicos, las luces, escarchas para el Drag Queen y pelos en la cara para el Drag King. Pero el verdadero show empieza unos días antes, cuando se decide la obra que se presentará el fin de semana: el técnico, los actores y la escenografía se preparan para el pequeño escenario de cuatro por tres metros; se riega gaseosa en el piso para que los tacos no resbalen, los movimientos son exactos en la fono mímica, textos repasados con paciencia y sinceridad “ ya que uno primero tiene que creerse y vivir el texto, para que el espectador se lo crea y lo viva”. En Dionisios las cosas no se hacen solas, la gente que trabaja en el elenco limpia, arregla y decora su espacio, lo prepara para que el público se sienta en un lugar especial y el día de función todo se viste de luces tenues y flores que dan la bienvenida.


El publico es variado: gays, lesbianas, travestís, heterosexuales o bisexuales, solos o acompañados, eso da igual. Lo importante es que vienen a abrir sus mentes y sus corazones, a una experiencia diferente, que trasgrede, conflictúa y encanta. En algunas obras se ríen de ser diferentes, lloran de lo que no les falta, juegan con lo que no tienen, seducen con lo que llevan acuestas y se llevan la humillación de los conservadores hipócritas.
A continuación algunos fragmentos de las diferentes obras:
“LA PACA”
Buenas noches, me llamo José Francisco, pero me dicen “La Paca”...
…Y el maquillaje de esta noche se encarga de esconder todas las arrugas, las imperfecciones, te pone una máscara que sonríe contigo, y celebra contigo, y con suerte hace sexo contigo... Pero nunca, nunca llora... las lágrimas la disuelven, y entonces... No hay razón para llorar. Porque estoy solo como un abedul, porque este show se acaba, porque el orgullo es una palabra, porque detesto mirarme, porque en algún momento tengo que pisar la calle, porque me gustan los besitos, porque amo... Y el amor es... todo.
Pero nunca lloro, canto y celebro, preparo shows... Vivo aquí, detrás del maquillaje...
¿Dónde estoy?
Me gusta regalar fantasías, me encanta ser otro para ser yo mismo, y es mi vida, mía... Pero, por un instante quisiera ser yo, nada más, con todos mis miedos... Quiero sentir tus besos, un beso, en los labios, déjame ser débil por un momento. Me gusta ser José Francisco, invencible, para que me llamen “La Paca”... Pero... Hoy quisiera ser Adrián. Así de simple. Adrián.
“LA CABRA TIRA AL MONTE”
Angélica: hace dos años, solía visitar los cines América (ratas club) y Hollywood (pulgas en butaca) donde se exhibían películas porno-hetero-italianas, pero la mayoría de los asistentes lo único que le interesaba era ver como se masturba el de a lado, con un cigarrillo en mano. Era cómico pararse al fondo de las butacas y ver como iban desapareciendo las cabezas, cien de cuello y ahí mismo, y ver salir a la gente, al apuro después de un orgasmo escondido…
Hace dos años mi vida era otra, claro no ha cambiado mucho pero algo es algo, sigo viviendo con mi familia, pero ya no tengo novia, eso de andar aparentando “ser normal”. Ahora le digo a mi familia, que por el momento quiero progresar en mi trabajo, quiero estar solo para organizarme la vida y si me visto así, es porque me gusta y además estoy haciendo show aquí, pero no confundan, no soy travesti, soy un drag... y esto es arte...
Antonio: En una ocasión estuve haciendo fila frente al seguro social, para que mi abuela cobre su famosa pensión de miseria, no sé si se han fijado, detrás de la parada del trole de el Ejido, está un baño publico, le dije a mi abuela que me espera un momento, cruce la calle con afán y del apuro casi me meto al baño de mujeres y la señora que esta en la puerta me dice con esa voz tosca: ¡oiga señor ese es el baño de mujeres, entre al otro!, cuando entré solo me bajé la bragueta e hice lo que tenia que hacer y sin querer de reojo mire a mi lado que habían tres hombres, ¡que no estaban orinando!, pero por qué no estaban orinando? En sus caras se veía una angustia, una complicidad , con cierto descaro bajé mi mirada hasta sus braguetas y uno de ellos se estaba manoseando su ¡pené!, en ese momento me entró un escalofrío por todo mi cuerpo; mi corazón se aceleró con fuerza, la saliva se hacía un nudo en la garganta, no sabía si mirar o salir corriendo, pero por dentro algo me decía que mirara y miré de reojo y lo tenia erecto, era enorme esa cosa, con angustia miré hacia la pared y pensé que el tipo era un exhibicionista, que no le importaba que alguien lo mirara, y yo volví a mirar y ya no solo era él, sino los otros dos también se lo manoseaban, con un descaro increíble. Miré hacia atrás y las puertas de los inodoros estaban cerradas. Cuando regresé la mirada uno de los que estaba a mi lado se la cogía al de la cosa enorme, el otro empezó a manosearse con más fuerza. Repentinamente el que se la cogía se agachó y empezó a chupársela, como si fuera un cono de helado; no le importó que yo estuviese ahí y en ese momento me sentí cómplice de algo que no se debe hacer, pero esa sensación me gustaba. Seguí mirando con el mismo descaro que el otro tipo, me fijé que desde las puertas de los inodoros existían unas hendijas por las que se veían ojos, sin rostros, solo ojos que también se saciaban con ese momento pervertido y excitante. Yo también le empecé acoger gusto, en ese momento no me importó nada y sentí como empezaba a crecer mi... ¡repentinamente! la señora, la de la puerta entró con un trapeador, el tipo se levanto rápidamente como si nada estuviese pasando; de las puertas desaparecieron los ojos sin rostro. En ese momento me acordé de mi abuela, salí, corriendo con una angustia mayor que con la que entré, cuando me acerqué a mi abuela ella me preguntaba por qué me demoré tanto, yo solo le contesté “que había mucha gente en ese baño y que me tocó esperar”. Las puertas del seguro se abrieron, en mi mente las imágenes y esa sensación, jugaban con un sabor dulce en mi corazón..., que aún no recuperaba su ritmo normal y así fue como empecé en el ambiente…
Saludos cordiales,
DIONISIOS TEATRO DRAG
Dirección: Manuel Larrea N14-52, entre Riofrío y Checa.
Entrada general: $5.
Reservaciones: 2557-759.
Yo nací mujer, al igual que hubiese nacido hombre, esto ya es una condición que determina roles y posturas en el comportamiento de todos los que venimos al mundo. Esta incorporación al comportamiento no fue radical en mi; el campo, la influencia europea de mi madre, el sentimiento andino influenciado por mi padre y el entorno des-construyeron ese genero preestablecido para much@s.
Considerada una “niña bonita”, hija de “gringa”, recibí siempre una mirada diferente de l@s niños del barrio y de la escuela, no de forma excluyente, a veces despertando curioso interés para algun@s. Mi tamaño, el color de piel, mi padres lejos de lo común del lugar, el trabajo de ellos (alfabetización de niños kichua hablantes), mi familia paterna (mestizo-indígenas de campo), mi familia materna (de visita desde Bélgica) y los diálogos que mantuvimos con mis padres, ahora que lo veo fueron factores que alejaron un rol en especifico sobre mi “genero
No tuve interés por jugar con muñecas, mas bien por paseos campestres en compañía del ganado, no tuve ganas de pintarme los labios, sino de jugar con tierra, no vestí de faldas ni blusas, incluso use por mucho tiempo zapatos de niño, por comodidad el pelo corto, jugar a la pelota, a los indios y vaqueros, al lobo, carrera de canicas, de carritos junto a mi hermano, historias de ficción en el campo, los viajes cada dos años a Bélgica, los niños rubios, el idioma, la pulcritud europea, la vida del 1er mundo.
En la escuela siempre fui la primera opción para esas elecciones tan absurdas de estrellita de navidad o candidata para cualquier otra cosa. Con ese pretexto, si me pintaron la cara como mujer y era tan incomodo, me pusieron vestidos que solo use una vez; las cosas que me incomodaban tanto, contentaban a mi vieja profesora, a la directiva del barrio, a l@s vecinos, pero a mi familia no le importaba, hasta era molesto tener que pensar en comprar el vestido y arreglarme, como a mama y a papa, a mi tampoco me gustaba.
Busque el modo de no ser esa primera opción y así fui armándome de un modo “poco femenino”, no me gusto nunca arreglarme y exhibirme en la forma en que lo hicieron conmigo, a esa edad cuando la opinión no se escucha porque eres niñ@, marco un rechazo a todas esas cosas, de verdad que era tan incomodo, tan artificial, tan para ellos. Así que mi ofensiva y mi elección buscaron dejar “la delicadeza femenina”, esa postura a la que me querían llevar por mi diferencia, esa que yo no quise nunca y que mi familia no construyo, pero que la gente con la que estuve en contacto quiso meter en mi cuerpo y en mi cabeza.
Desde muy pequeña tuve condiciones deportivas, estuve en equipos de atletismo, básquet, salto y esas cosas, me gustaba si, pero tampoco fue una elección mía, mi figura llamaba a los demás para disponer de mi en ese sentido, como si me hicieran un favor, aunque lo hicieron, pero disponer de mi no es respeto. A esa edad no pude definir lo que quería, a esa edad la gente decide por ti.
Luego de la muerte de mi padre tuvimos que venir a vivir a Quito, Emilio, Kris y yo. Ese cambio fue duro, fue extremo. Mi madre (Kris) guerreo al máximo para lograr una casa acá, para darnos educación adecuada sin saber de las dinámicas capitalinas, para empezar un nuevo momento de estas nuestras vidas.
Algo que recuerdo mucho es que me compre una navaja de esas que llaman mariposa, la vi de venta en un parche a la salida del colegio del Pacifico, que era el colegio mas cercano al primer departamento en el que estuvimos al llegar acá, acá las cosas son distintas a Yaruquies (el lugar donde nací, parroquia rural de Riobamba), los jóvenes toman el bus sin miedo y se bajan al vuelo, cruzan las calles llenas de carros, el trole, el play zone, los centros comerciales, la comida chatarra, alcohol, drogas, todo a la mano.
Bajo el uniforme llevaba siempre una lycra para jugar fútbol en los recreos, siempre con los hombres, me gustaba mucho el fútbol y los juegos con ellos, pero las niñas siempre me vieron raro y nunca puede ser parte de ellas totalmente; de entre los niños siempre tuve mis mejores amigos, no de entre las niñas, de alguna forma era uno mas en el grupo de los chicos, aprendí a hablar como ellos, a moverme como ellos, pero no porque quisiera ser uno de ellos, sino por comodidad, las niñas siempre chismean, murmuran, critican, se quejan, se juntan a pintarse las uñas, eso a mi no me gusta, nunca me gusto, pero acá en la ciudad se nota mas crudamente, las niñas esas son tan quisquillosas. Mis amigas, las mujeres, las que se convirtieron en las más cercanas, también manejan ese tipo de diferencia, por eso congeniábamos.
Así empezó esta crítica a las posturas de género, a los roles. Roles asumidos como la construcción cultural de una “mujer” y un “hombre” que no se origina en la disposición físico-biológica del cuerpo. Donde las relaciones sociales son las que van marcando y afirmando esa diferenciación entre estos dos “seres”, donde un@ condiciona al otr@ y viceversa; pero que va mas allá de esa conducta preestablecida, que como un chip cerebral incorporado dinamiza nuestro cuerpo y nuestra forma de relacionarnos, algo complejo, algo enfermo, algo aceptado, algo real, algo que limita, algo que nos hace esclavos de nuestros cuerpos.
Por intuición rechacé esa ridiculización, esa mascara que usan todos para determinar la debilidad o la fortaleza, eso que para los hombres es necesario al momento de “generar el control”, eso que a las mujeres confina al cuidado familiar, a la alimentación, a la limpieza; eso que muchos aceptan, adoptan y reproducen.
La mujer no es débil, no lo ha sido nunca, es un@ mism@ quien se asume débil independientemente del aparato reproductor que posee, la mujer no tiene porque complacer o agradar al hombre, la mujer no es vulnerable, es la desproporción de fuerza, fuerza generada a partir de esa construcción cultural del género, que vuelve vulnerable al otr@ cuando se aplica.
Entonces pienso: que el teatro Drag es capaz de romper esos roles esquemáticos, que mi postura, un poco femenina pero no tan femenina, un poco masculina pero no tan masculina, son mi recurso más valioso para lograr esa ruptura.
De algún modo quiero generar esta misma critica en la gente que mira las obras de teatro Drag, que el echo de transformarme en hombre dentro del escenario, logra en las personas ubicarse al menos un momento, con la mirada fuera del propio cuerpo, en un punto de critica, en un punto que divisa los absurdos y convencidos comportamientos que tenemos tod@s, que de esa manera ell@s pueden detectar la perversión de los roles (estos radicales y crueles), el sometimiento del cuerpo a una u otra postura y la violencia que ese comportamiento genera no solo hacia un individuo sino hacia la naturaleza misma del ser humano, naturaleza que no soy capaz de detectar ni adivinar porque nunca nos dieron la posibilidad.
Texto: Cayetana, Drag King
La tarde, en otro momento.
A pocos pasos de mi, un hombre en traje gris, ansia fumar.
Para muchos un ambulante que fuma y come de los desperdicios de los demás. Un cualquiera que perdió el sentido, la orientación.
Y bueno yo halagado le sonrío y observo la escena.
El hombre, que utiliza tirantes rojos para sostener sus pantalones, mesero de alguna fonda cercana, ofrece de comer a una prostituta desnoblecida, mientras acaricia una de sus piernas, a los pocos pasos escucho la voz de la mujer que me llama, venia detrás de mi con una tarrina de paella que le había ofrecido su amigo, trabaja en un restaurante y le brinda de lo que va quedando de tarde en tarde me explica. Aruñada el cuello, con la sonrisa despostillada, me ofrece su busto en transparencias, ignoro a mi intriga y declino aceptar la invitación a sus encantos polvorientos. Con un tufo persistente a salsa picante, acaricia mi hombro, mientras su comida se enfría en el extremo de la otra mano, me ha dicho como ultima propuesta; Que por 15 euros, iríamos a lo alto de la colina por debajo del puente a desnivel, me haría una francesa y follaríamos, sin mucho que decir continuaba con mi paso alejándome de esa mujer y su tarrina de paella, al entender ella, que no me convencería a que regrese, se devolvió por la esquina, seguramente a verle a su proveedor de alimento.
O quizás, tramaban entre ambos pescarme entre los arbustos, por debajo del ruido de los vehículos que se encaminan a la autopista. Con los pantalones bajados a media rodilla, una prostituta destentada que seria una amenaza con sus mordeduras de sumisión, me toma por las pelotas y me obliga a enderezarme, sujeta mis testículos a sus garras de esmalte rojo, me intimida a que le deje actuar, me despoja de la billetera, abandona la sombra su cómplice, una figura pequeña que se enfila con una navaja por detrás, me toma por la cintura y presionando la punta de la navaja a mi nalga descubierta, me obliga a arrodillarme, toma mi reloj, la chaqueta, se hace de los zapatos, y en un acto desmerecido me clava un punta pie en el costado del abdomen. La puta se aleja por detrás acomodándose la teta que le cuelga de la blusa, me da un guiño y apresura el paso, solo escucho el resonar de sus tacones amortiguarse a los ruidos de los motores que circunvalan por encima de mi honor mancillado.

Pero seguro pensaran que uno es pendejo, de enredarse con personajes de ese aspecto, en una ciudad desconocida, por debajo de los elevados, me vería cara de turista cojudo, y ella en asombro de que yo rechacé estimulación oral por parte de esa boca lapidaria.
Quizás en otra ocasión me hubiese aventurado,
Así que apresuro el paso, retomando las avenidas antes de que anochezca,
Me hubiese provocado hacerle unas fotos,
Desnudado y emputecido para el lente.
La imaginaba tan bella en esa tarde.
El hombre de traje gris había alcanzado ya la altura de la plaza, dirigiendo su andar en un azar en busca de colillas de cigarrillo, rebuscando monedas en los teléfonos públicos, adormeciéndose en los bancos, con el cansancio acumulado de noches de mal dormir.


Me acerco al individuo, le obsequio una cajetilla, me siento a su lado, el hombre enciende un cigarrillo, inhala el humo profundo, lo absorbe con gratitud. Es un desempleado que fue dado de baja, nunca supo como decirle a su pareja y a sus hijos que había perdido el empleo, que nadie lo contrata por su edad, que a duras penas come en el día, con el martirio del fracaso, abandono el lecho, fue en una tarde sin precedentes, luego de deambular por la ciudad en su traje gris y con su carpeta curricular bajo el brazo, sin ánimos de verse al espejo, con cuentas pendientes, sin fortuna, los hijos le habían perdido la fe, la mujer pudo conseguir un trabajo de limpieza y no necesitaba mas de sus lamentos, así que decidió no volver.

Decidió no tener mas vergüenza ante su familia, ni permitir que su mujer le atropelle y le insista que es un buena para nada, que en sus años es una carga para el hogar.
Una mañana como tantas otras, salio de su domicilio con intenciones de no volver, con el suicidio en mente, nunca tuvo el valor de desaparecer del todo.
Así que deambula, regatea, y pide a lo divino que nunca coincida con sus hijos en la calle, en esa situación tan desventurada.
Nombre: Modesto gallardo
55 años, profesión Ciencias políticas y economía.














Yo, sin rumbo fijo. El trole, bus de la ciudad, conduce la travesía. De norte a sur avanza lento con el día. Los portones metálicas de los almacenes a lo largo de la 10 de agosto permanecen cerrados, sólo los chinos decoran la calle con el neón de sus baratijas.
Acomodado en un puesto de betunería, hojeando las páginas del diario. El parque de El Ejido y La Alameda rumoran el domingo casi festivo de las familias quiteñas.
Puntería al blanco, ruletas de la suerte, retratos fotográficos, con sombrero de mariachi, sobre un caballo de palo; una especie de postal histórica del sector, en blanco y negro ha desvanecido alcaldes y personajes de momento que han posado junto al caballo con sus hijos en aquel mítico instante que demora la polaroid.

En la esquina, cuarto piso sobre los pollos asados, recuerdo un suceso triste: una clínica clandestina, carnecerías que no faltan en una ciudad lastimera y cargada de vitalidad sexual reprimida.
Las torres de la Basílica se perfilan en el cielo, las nubes rezagadas se juntan llorosas. Pasado el medio día, a la altura de la Plaza del Teatro. Los helados de máquina por 40 centavos, dos sabores irrepetibles en cualquier otra ciudad de la esfera.
Los escaparates provocando con los dulces tradicionales, el rumbo se encamina hacia la Plaza Grande. Al resguardo de la magnolia, el grupo de jubilados desempolva la galantería quiteña. De sombrero y chaquetas cruzadas, en elegancia afloran la antigua plaza de recuerdos.

Con la tarde que va menguando se llega a la Plaza de San Francisco, adoquinada de piedra en toda su extensión, la plaza más gris de la ciudad. Palomas que acuchillan los aires con sus plumas. Infantes que corretean. La muchedumbre se aglomera en las escalinatas, acomodados a la tarde, en un fluir de gentes que circulan por las proximidades. Los niños echan a volar a las palomas en espantos para luego descender de los cielos por el trigo dorado que la tarde generosa ofrece.

Busco una sombra, una mujer apoya el tiempo contra el muro, aguarda que la tarde ocupe su pasión, su necesidad. El rostro lo lleva arrinconada a la suerte, al mejor postor. La plaza se cubre de sombras, la neblina enfría el ambiente, los últimos pasos se alejan de la explanada de piedra, otros se quedan detrás, llenando costales con desperdicios ajenos. Fortuna en botellas plásticas, medio pan que alguno pecó en gula.
Bajo por las calles empinadas que conducen a la Plaza de Santo Domingo, aquel lugar siempre fue punto de pecado, de putitas lastimeras que entregan su carne por cinco reales. Aquellas avejentas y escurridas en carnes terminan la profesión allí, sin consuelo, sin pudor alguno, ofertando con los transeúntes, con los pordioseros, con los alcohólicos que dejan su mesada en gallina vieja. Las prostitutas se santiguan antes de poner pie en el primer adoquín de la Plaza, la cruz temerosa marca la hora con su sombra penitente.
La Plaza iluminada, bajo el ojo de una cámara ciega se juntan los moradores de la desgracia, resguardados en la oscuridad de los pasillos duermen su espalda contra el concreto, prostitutas, prostitutos, mendigos, borrachos, seres paridos en pobreza.
La noche fría deja caer una fina llovizna
La ciudad nublada, al otro extremo
En una realidad distinta, la ciudad se despereza Los coches circulan ebrios en busca de tentaciones.
El amor se desvanece en instantes como éstos.
Dirijo los pasos por el parque Ejido
Los amantes disimulados junto a un árbol
La mano circula los senos.
El pasto húmedo entibia la nariz de un perro.
Añejado el clima. Los paseantes apuran el paso .
A resguardo de la lluvia bajo el Arco del Triunfo
La ciudad enciende sus luces.
Cuando empecé amar, me recuerdo un hombre de expectativas.
se angustian por el pasar del tiempo