REPORTAJES URBANOS, VALORES Y TALENTOS HUMANOS, DESTREZA DE LA CIUDAD

8/13/11

Ciudadano Quiteño

El rostro, espejo de la personalidad
Caras que traspasan el amor, la angustia,
la felicidad en una sonrisa, lo iracundo de la mirada
cada quien, lleva en su rostro impreso,
la multiplicidad de si mismo.
La cara, lienzo
La cara aguanta la boca.
Se sonroja o emociona ante otro rostro
de belleza infinita.
No hay rostro feo, solo feas personalidades.

El rostro detrás de mi cabeza 
Tu rostro llega a mí de detrás de los parpados,
Surca mi mente, por la memoria, por lo más remoto.
Eres una dulce sonrisa, que acaricia mi día, alegría
Con la profundidad de tus ojos, y tu mirada envolvente.
Intentar olvidarte, ¿cómo?, si mi retina ya te reconoce
El álbum fotográfico de mis días, está repleto de polvo y papeles marchitos.
¿Quién eres, de dónde llegas, o fuiste?
Recuerdos de viejos rostros, míos,… ¿quién será?
No queda nada de aquel fotografiado.
Niñez, adolescencia, paisajes, mi yo polaroid. Amarillento.
Con esta cara, frente al espejo, me rebota vómito
De mi edad, de los años transcurridos, la agonía.
Era yo tantas cosas: alegres momentos, mujeres que me abrazaban,
Amigos con quien reír; éramos salvajes, y por no saber domarnos
Se triza el espejo en las emociones de hoy.
Mis ojos en mi rostro
Son dos tristezas que guardan aun mucha ternura.

Mi nariz en mi rostro
Violencia, tabique, amor roto
Suicidio absorbido.

Mi boca en mi rostro
Una cueva de alados que cuelgan boca abajo
Un grillete en el paladar
Una boca sucia, honesta, que también supo herir
halagar y besar al mismo tiempo.

Mis orejas en mi rostro
Ecos dentro del tímpano, gritan voces,
Tiemblan silencios.

Mil caras detrás de mi rostro.
ROSTROS
La calle de espejos, un trasfondo de personalidades
Que se visten de un distintivo, una expresión.
Somos individuos que nos une la VIDA; sin ella, nada nos ata.
Somos ausencia, una foto carcomida de cementerio.
Nos olvidamos de los rasgos, nos queda una memoria borrosa
De rostros, y palabras habladas, lenguas, un piercing, el beso.
Somos rostros que dejamos huella como la palabra que abandona la boca.
Hacemos silencio, ausencia, somos bienvenidos, y desterrados
Rostros que son miles de rostros, una cara detrás de la otra que se sobreponen, 
se ocultan las mascaras, con una nueva emoción
Resplandece el espejo, el maquillaje.
La cara que vestimos, nuestra estampa,
Detrás del rostro quedamos nosotros
Con la cara revezada de júbilos y tristezas.
No somos más este rostro,
Sino detrás del espejo.
LA QUITEÑA
La ciudad es femenina. Es sensual: en una parada de bus, en la cadera de una esquina, en la calzada que resuena a tacones; en sus rostros, la actitud, el humor, la templanza de Quito; en los rasgos de mujeres paridas entre volcanes, aguerridas, que por su sangre corre una erupción. Las caras de las calles, en el cotidiano, la quiteña se reinventa.
Amé una mujer quiteña, fue ella quien me enseño a recorrer la ciudad en bus, conocía todas las  rutas y atajos, era camaleónica, mi mejor compañera entonces. De día, universitaria, en las noches, bailaba con el compás en las caderas; somos los quiteños curuchupas, lo somos, pero ya no tanto como antes, nuevas generaciones, nuevos espejos. La ciudad se refleja distinta, de fronteras más amplias, la equidad de géneros, el amor tierno que cobija y apoya de la mano de una quiteña.
No me apuro al caminar por halagar mis ojos con las miradas azabaches. Hay algo en el perfil de la estampa de Quito que me atrae: La nariz, el armazón de la cara, aunque ahora, la cirugía reconstruye rostros corrientes. En estos retratos, una mirada a “la carita de Dios”.

12/15/10

El Hombre Orquesta. Quito

Fabian Velasco
La otra tarde salí en busca del que llaman "el hombre orquesta", singular personaje que habita el imaginario de la ciudad, actor de teatro, plazas y parques; su personaje es reconocido, como uno de los más enigmáticos que actúan e interpretan las calles de Quito. En un hombre se conjugan varios talentos que se expresan en sonidos, en diversión, en protesta y por simple rebeldía. De este hombre cuelgan una variedad de maracas y cascabeles, un saxofón, y con un halón de su taco al danzar, retumba el bombo de su espalda, que hace armonía con su ritmo corporal.
La leyenda del hombre orquesta.
El teatro de la calle, tiene en su estelar cartelera a nombres tan emblemáticos como Carlos Michelena, los Perros Callejeros, o Fabián Velasco. Personajes que son una textura más en las piedras del centro histórico.
A Fabián le acompaña su saxofón por años; junto a el se ha combinado para expresarse artísticamente en las calles. Su personaje, "que nació jugando", Al ver un hombre orquesta por primer vez en la película de Mary Poppins; a él se le fue ingeniando; cómo colgarse una batería en la espalda, y encontrar el mecanismo que lo haga soñar, porque a él nadie le enseño, recalca, sino que fue adivinando su personaje.
“El nivel de energía de un teatrero de la calle es tratar de dilatar al máximo el movimiento y de subir bastante la voz, me gustan las plazas y las presentaciones al aire libre, interactuar con la gente, pero este año ha caído, bajo, no hubo contrataciones en las fiestas de Quito para el hombre Orquesta, y ahora hay que batallarle, lo jodido es que otros están pensando: mírale a ese man saliendo en diciembre a hacer arte por monedas”
El teatro de la calle es desplazado y no valorado como un patrimonio de talentos humanos del imaginario de una urbe. Personajes y artistas ambulantes que dan temperamento a la ciudad, son sus sonidos y sus rostros.
Muchos artistas se ven acosados y amenazados por ocupar espacios públicos, por aglomerar gente que transita en el cotidiano y se detiene por momentos a despejarse de las obligaciones, y se siente atraida por la alegría, humor y mensajes de conciencia e ironía social que son exclamados por estos distintos intérpretes que ocupan las plazas y parques.
Sus tres hijos, en ocasiones, le acompañan en sus caminatas; en el cuarto de música de su hogar, practican actuaciones junto a Rosalino Povea, nombre artístico de Fabián; tocan el piano, la batería, el saxo. “Muchos años de experiencia tiene nuestro papa, nos enseña sus artes, salimos con él a los parques, no todos pueden hacer lo que hace mi papa. El es divertido” afirma uno de sus hijos.
jacinto Ariruma 11 años , Aurora ”selva” 8 años , Moisés Calicuchima 10 años

La ciudad, sin sus actores, sin su gente, sería una ciudad muerta, fría como las piedras de sus construcciones. Son ellos, los artistas, los que se apropian de los espacios públicos, los que se acomodan entre el transeúnte y la monotonía, los que de un modo u otro hacen que la ciudad no se repita y se transforme a diario, que el tiempo muerto en los semáforos  sea una distracción. Estos seres, a los que las autoridades marginan, son el pulso y la fantasía que se imagina la ciudad. Sin ellos, no habría esa sorpresa de caminar y encontrase con magia, músicos, mimos, teatreros que hacen de la urbe una galería viva de ingenios y talentos.